La Mentalidad de la Ejecución que se Mueve con Intensidad más allá del Pensamiento y la Oración
La oración es el punto de partida de la ejecución — Salir de la actitud pasiva de quedarse quieto esperando solo la respuesta y lanzarse personalmente a la acción
Las personas que oran sin hacer nada
Algunos cristianos usan la oración como alternativa a la acción. Cuando deben tomar una decisión dicen "estoy en oración" y posponen la decisión. Cuando deben empezar un negocio dicen "estoy esperando la respuesta" y no dan el primer paso. Cuando surge un problema dicen "lo he encomendado a Dios" y detienen el esfuerzo de resolverlo. En todos estos casos la oración se convierte en un sustituto de la acción.
Por supuesto, la oración es importante. No se puede enfatizar demasiado. Sin embargo, cuando la oración se convierte en sustituto de la acción, eso no es fe sino evasión. Es decir que se cree en Dios de palabra pero en realidad se evita el riesgo, se teme el fracaso y no se quiere asumir la responsabilidad. Es la pasividad envuelta en el lenguaje piadoso de "estoy en oración."
Mirando más en profundidad, esta actitud pasiva nace de una comprensión incorrecta de Dios. Como si Dios fuera a hacer todo en nuestro lugar y nosotros solo tuviéramos que esperar. Sin embargo, el Dios de la Biblia no es quien trabaja en nuestro lugar sino quien trabaja junto con nosotros. Dios no mueve nuestros pies. Cuando nosotros movemos los pies, guía esos pasos.
La integración bíblica de la oración y la acción
La historia de Nehemías muestra con mayor claridad cómo se integran la oración y la acción. Oyó las noticias de Jerusalén y oró. Sin embargo, el contenido de esa oración es interesante. No solo oró pidiendo a Dios que cambiara la situación, sino que pidió gracia para poder presentarse delante del rey (Nehemías 1:11). La oración estaba orientada hacia la acción.
Y cuando el rey preguntó "¿qué deseas?", Nehemías registra: "Entonces oré al Dios de los cielos, y dije al rey" (Nehemías 2:4-5). Incluso en el momento de recibir la pregunta del rey, oró. Antes de hablar, antes de actuar, en ese instante fugaz oró a Dios. Esta es la imagen de una vida donde la oración y la acción no están separadas. Hablar orando, decidir orando, moverse orando.
Santiago 2:26 dice: "Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta." La fe sin obras está muerta. Por más que se ore con fervor, si esa oración no se traduce en acción es una fe muerta. La fe viva inevitablemente mueve los pies.
En Hechos capítulo 1, antes de ascender Jesús dijo a los discípulos "no os alejéis de Jerusalén, sino esperad la promesa del Padre" (Hechos 1:4). Esperaron. Sin embargo, esa espera no fue una inactividad pasiva. Se reunieron juntos y oraron con fervor (Hechos 1:14), reorganizaron la comunidad y cuando llegó el Espíritu Santo avanzaron inmediatamente a la acción. La espera fue preparación, y la preparación dio a luz la acción.
Tres prácticas para hacer de la oración el punto de partida de la ejecución
La primera es el hábito de conectar la oración con las decisiones. Transformar la oración de un tiempo de espera vaga de respuestas a un tiempo de preparación de decisiones y acciones concretas. "Dios, ¿cómo debo proceder con esta transacción? ¿Qué primer paso debo dar hoy?" Preguntar en la oración la dirección de acciones concretas. Cuanto más concreta es la oración, más concreta se vuelve la acción.
La segunda es establecer el principio de "empezar orando". No "empezar después de orar" sino "empezar mientras se ora." No moverse después de haber recibido toda la respuesta de la oración, sino dar el primer paso orando, ver los resultados orando y dar el siguiente paso orando. Este es el ritmo de vida donde la oración y la acción están integradas.
La tercera es el hábito de revisar con oración después de la acción. Al terminar el día de negocios, llevar delante de Dios las decisiones tomadas y los pasos dados durante el día. "¿Estuvieron estas decisiones de hoy alineadas con tu voluntad? ¿Cómo debo avanzar mañana?" Esta revisión hace que la oración fluya a través de toda la vida y los negocios.
Un empresario que dirigía un negocio de importación en México pasó varios meses al inicio orando sin tomar ninguna acción. La razón era "aún no tengo la certeza de Dios." Un día le hicieron esta pregunta: "¿Qué forma tiene la certeza que estás esperando? ¿Qué harás cuando llegue esa certeza?" Esa pregunta lo despertó. Intentó el primer pequeño contrato mientras oraba. Cuando ese contrato se cerró, eso mismo fue la respuesta. La certeza que esperaba llegó después de la acción. La oración era el punto de partida de la ejecución, no su sustituto.
La oración es la manera de Dios de enviarnos a la acción. La oración genuina hace que uno se levante de rodillas y mueva los pies. Quien ora se mueve, y quien se mueve experimenta la respuesta.
Abandonar el perfeccionismo y simplemente empezar — El valor de dar el primer paso asumiendo el fracaso sin posponer por miedo o por esperar el momento perfecto
El final de quien espera el momento perfecto
Eclesiastés 11:4 es breve pero intenso: "El que observa el viento no sembrará; y el que mira las nubes no segará." El agricultor que espera a que el viento se calme perfectamente acaba sin poder sembrar. El que espera a que las nubes se despejen completamente pierde la temporada de la cosecha. Esperar el momento perfecto es al final el método más sofisticado para no hacer nada.
En el mundo de los negocios es lo mismo. Se espera hasta que se acumule suficiente capital y se pierde la oportunidad. Se espera hasta que el idioma sea completamente fluido y el mercado cambia. Se espera hasta que el plan sea perfecto y el competidor se adelanta. El perfeccionismo es la forma intelectualmente envuelta del miedo que intenta evitar el riesgo. Parece prudencia, pero en realidad es miedo.
Para el empresario cristiano este perfeccionismo es más peligroso cuando se disfraza con lenguaje religioso. "Parece que todavía no es el tiempo de Dios", "no tengo paz", "necesito más oración." Estas palabras a veces son una expresión genuina de fe, pero a veces son el miedo envuelto en lenguaje de fe. Es importante distinguir entre los dos.
La Biblia que apoya los comienzos imperfectos
Miremos de nuevo la historia de Pedro caminando sobre el agua (Mateo 14:28-29). Pedro vio a Jesús desde el bote. Y dijo: "Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas." Cuando Jesús dijo "ven", Pedro bajó del bote. El bote era seguro. El agua era incierta. Sin embargo, puso el pie en la incertidumbre. Y realmente caminó sobre el agua. El milagro no llegó a quien esperaba dentro del bote. Llegó a quien bajó del bote.
En Josué capítulo 3, cuando el pueblo de Israel debía cruzar el río Jordán, Dios dijo que las aguas se dividirían "cuando las plantas de los pies de los sacerdotes que llevan el arca de Jehová... se asienten en las aguas del Jordán" (Josué 3:13). No dijo que pusieran el pie después de que las aguas se dividieran primero. Las aguas se dividieron cuando pusieron el pie. La acción precedió al milagro.
En Éxodo capítulo 14, Moisés dijo al pueblo de Israel frente al Mar Rojo: "No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros" (Éxodo 14:13). Sin embargo, inmediatamente después Dios dijo a Moisés: "Di a los hijos de Israel que marchen" (Éxodo 14:15). Dios no dijo que se quedaran quietos sino que avanzaran. La acción fue el canal de la salvación.
Tres prácticas para abandonar el perfeccionismo y empezar
La primera es establecer el principio de "empezar cuando esté preparado al 70%". Esperar el 100% de preparación es el núcleo del perfeccionismo. Ese 100% nunca llega. Establecer el principio de empezar cuando esté preparado al 70% y completar el 30% restante mientras se hace. Este principio rompe la trampa del perfeccionismo. El aprendizaje más poderoso de los negocios ocurre en el campo real. No en los planes sino en la ejecución es donde se aprende.
La segunda es diseñar un pequeño comienzo que minimice el costo del fracaso. No es necesario que el "comienzo" sea grande y arriesgado. Si se quiere empezar un negocio de exportación de café, primero enviar una pequeña muestra a algunos compradores. Si se sueña con una franquicia de restaurantes, primero crear el manual de operaciones de la tienda existente. Si se empieza a una escala que se puede asumir aunque fracase, el tamaño del miedo también se reduce.
La tercera es encontrar "la acción más pequeña que se puede hacer ahora mismo" y hacerla de inmediato. Para no paralizarse ante un gran objetivo, hay que dividirlo en la acción más pequeña que se puede hacer hoy mismo. Si se quiere entrar en un nuevo mercado, hoy enviar un email a un experto de ese mercado. Si se quiere desarrollar un nuevo producto, hoy preguntarle la idea a un potencial cliente. Esta pequeña acción derriba la pared del perfeccionismo.
Un empresario BAM que planeaba un negocio de alimentos en Perú pasó dos años solo refinando el plan de negocios. No empezaría hasta que saliera el plan perfecto. Entonces escuchó estas palabras de un mentor: "Su plan ya es suficiente. Lo que necesita ahora no es un plan mejor sino la primera transacción real." Empezó la primera pequeña transacción con un plan imperfecto. En esa transacción aprendió cosas que el plan no podía enseñarle. Ese aprendizaje hizo que la segunda transacción fuera mejor. El plan perfecto solo pudo hacerse después de la segunda transacción.
No existe el momento perfecto. No existe la preparación perfecta. Lo que existe es solo este momento. Y quien da el primer paso en este momento es quien al final llega al destino.
El valor de las gotas de sudor derramadas en el campo — Darse cuenta de que la verdadera guerra espiritual se gana con acción en la vida intensa y en el campo de los negocios de cada día, no en el escritorio
La fe del escritorio y la fe del campo
En la fe hay dos extremos peligrosos. Uno es la contemplación sin acción, y el otro es la acción sin contemplación. El primero está lleno de hermoso lenguaje teológico pero no cambia nada en la realidad. El segundo se mueve con actividad pero se convierte en el ajetreo de quien ha perdido la dirección. Lo que el empresario cristiano necesita es la integración de los dos. La acción intensa nacida de una profunda contemplación, y la raíz de la contemplación que no se pierde ni en medio de la acción intensa.
Sin embargo, el peligro que se encuentra más frecuentemente en la realidad es el primero, es decir la contemplación sin acción. Hay visión para el negocio pero esa visión se queda solo en el plan sobre el escritorio. Hay pasión por el ministerio pero esa pasión solo está escrita en los temas de oración. Hay deseo de cambiar el mundo pero ese deseo no se demuestra con sudor en el campo real. Esta es la forma de fracaso de la fe que más se ve en el campo de los negocios.
Dios trabaja en el campo. No en el tabernáculo sino en el desierto, no en el templo sino en el mercado, no en el púlpito sino en el lugar de trabajo ocurren las obras de Dios. Aparecer en ese campo, sudar en ese campo es la expresión más concreta de la fe.
La Biblia que santifica el sudor del campo
En Génesis 3:19, Dios dice a Adán: "Con el sudor de tu rostro comerás el pan." Se puede leer estas palabras simplemente como una maldición. Sin embargo, mirando más en profundidad, se ve que Dios diseñó al ser humano para que continuara su vida a través del trabajo en el campo. El trabajo que hace sudar no es una maldición sino la manera de vida que Dios le dio al ser humano.
En 2 Tesalonicenses 3:10, Pablo dice: "Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma." Estas palabras suenan severas, pero contienen una verdad profunda. El reino de Dios avanza a través de personas que actúan. Solo pensar y orar no es suficiente. Se requiere moverse realmente en el campo, sudar y crear resultados concretos.
Proverbios 14:23 dice: "En toda labor hay fruto; mas las vanas palabras de los labios empobrecen." Solo hablar crea pobreza, pero el trabajo real crea beneficio. Las gotas de sudor derramadas en el campo son mucho más poderosas que la visión expresada solo con palabras.
Efesios 6:12 dice: "Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes." La guerra espiritual es real. Sin embargo, cuando esa guerra espiritual se separa de la acción real en el campo, se queda como concepto abstracto. La verdadera guerra espiritual se lleva a cabo dentro de toda la intensidad cotidiana — procesar un contrato de negocios con honestidad, tratar a los empleados con dignidad, no rendirse aunque el mercado sea difícil.
Tres prácticas para moverse con intensidad en el campo
La primera es el hábito de aparecer personalmente en el campo. Lo más peligroso en el campo de los negocios es tomar decisiones solo desde la oficina sin conocer el campo. Salir personalmente al mercado y encontrarse con los clientes, visitar los proveedores, verificar con los propios ojos la situación local. Una de las características comunes de los empresarios exitosos en América Latina es que aparecen frecuentemente en el campo. Aparecer en el campo en sí mismo ya crea confianza, y la confianza crea el negocio.
La segunda es el entrenamiento de concentrarse en la intensidad de hoy. La gran visión y los planes a largo plazo son importantes. Sin embargo, no deben interferir con la concentración en el campo de hoy. Preguntar cada mañana: "¿Cuál es la cosa más importante que puedo hacer hoy en el campo?" Esta pregunta se convierte en el puente que conecta la visión con la acción de hoy. La intensidad de cada día acumulada hace que la visión a largo plazo se haga realidad.
La tercera es registrar y aplicar los aprendizajes del campo. El sudor derramado en el campo no es simple trabajo. Es aprendizaje. La reacción de los clientes, los obstáculos inesperados, las oportunidades imprevistas — registrar estas cosas y reflejar ese aprendizaje en la siguiente acción. Cuanto más se acumula el aprendizaje del campo, más profundas se vuelven la habilidad y la sabiduría del empresario. Esta es la excelencia que solo el campo puede dar y que no se puede aprender en los libros.
Esta es la historia de un empresario BAM que recorrió personalmente las zonas de producción de café de Colombia conectando con los agricultores. Al principio solo hacía distribución intermedia entre compradores y productores. Sin embargo, un día bajó personalmente a la zona productora y pasó tres días con los agricultores. Esos tres días lo cambiaron todo. Conoció las dificultades reales de los agricultores, entendió con el cuerpo cómo cultivaban el café, y dentro de esa relación se fue acumulando la confianza. Lo que años en la oficina no podían enseñar, los tres días en el campo lo enseñaron. Y esa confianza y comprensión elevaron todo su negocio a un nivel diferente.
La verdadera guerra espiritual comienza de rodillas pero se completa con los pies. Cuando las rodillas de la oración y los pies de la ejecución se mueven juntos, el negocio del reino de Dios avanza en medio del mundo. Las gotas de sudor derramadas en el campo son adoración, y esa adoración cambia el mundo.
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